El barrio de San Bartolomé y la Plaza de España de Sepúlveda permanecen a oscuras. Una multitud se arremolina en los alrededores de la iglesia de San Bartolomé, que al día siguiente, el 24 de agosto, celebra su festividad.

El rito

Diez de la noche de cualquier 23 de agosto. El barrio de San Bartolomé y la Plaza de España de Sepúlveda permanecen a oscuras. Una multitud se arremolina en los alrededores de la iglesia de San Bartolomé, que al día siguiente, el 24 de agosto, celebra su festividad. El vociferante público, mayoritariamente juvenil, reclama la presencia de los protagonistas del rito. Es la hora de El Diablillo.

En realidad, no se trata de un único diablillo. Son seis o siete, que se van turnando en su misión. Son personajes inconfundibles. Van vestidos de rojo, portan escoba y llevan adheridas a ambos lados de la cabeza pequeñas linternas para alumbrar su paso entre la multitud. A cada diablillo le acompañan dos escoltas o “diablillos menores”, vestidos de calle o de negro, pero que también llevan escoba.

Por fin llega el momento más esperado. Puntual a su anual cita, el diablillo surge tras una gran hoguera (encendida un rato antes) y aparece en lo alto de la escalinata de San Bartolomé. Desde la Plaza de España, la multitud le ve, así como a sus dos escoltas, situados a derecha e izquierda. Bajan veloces, zigzagueando 26 peldaños, hasta encararse con los presentes. Escobazo va, escobazo viene, el gentío intenta escabullir los golpes. Carreras anárquicas, sin rumbo fijo, y juerga, mucha juerga. Sepúlveda entera celebra San Bartolomé. Las fiestas “de los Toros” (último fin de semana de agosto) ya están aquí, y el diablillo significa el arranque del jolgorio.

Una vez que concluye el rito, se vuelve a encender el alumbrado público, y es entonces cuando se comienza a repartir limonada gratis entre todos los asistentes, cortesía de los vecinos del barrio, amenizado con la música de una charanga hasta altas horas de la noche.

El Origen

Los textos sobre San Bartolomé cuentan que, estando predicando en la India, el apóstol fue mandado llamar por Polimio, un poderoso rey, que tenía una hija endemoniada. Una vez en la corte, el santo contempló que tenían a la enferma atada con cadenas porque atacaba a mordiscos a cuantos se acercaban a ella. San Bartolomé mandó entonces que libraran a la princesa de las ataduras. Los criados del rey no se atrevían a desatarla, pero el santo insistió: "Haced lo que os mando; no tengáis miedo; no os morderá, porque ya tengo yo bien atado al demonio que la domina". Los criados desataron a la joven y ésta, en aquel mismo instante, quedó totalmente curada.

La Tradición

Una creencia popular sepulvedana cree que hay una noche al año, la del 23 de agosto, en la que el apóstol suelta al diablo de las cadenas que le atan, sucediéndose entonces el rito de “Los Diablillos" que dura largo rato, hasta que, sobre las diez y media de la noche, una última carrera de los diablillos, todos juntos, cierra el acto. Los diablillos vuelven a subir entonces hasta la iglesia de San Bartolomé porque se supone "que el santo vuelve a atarles".

Antigüedad y Evolución

El origen de la fiesta de El Diablillo se pierde en la noche de los tiempos. En Sepúlveda nadie sabe, a ciencia cierta, su arranque, aunque las personas de mayor edad aseguran que sus abuelos ya participaban en el rito. De hecho, la tradición oral dice que ni durante la Guerra Civil española (1936 - 1939) dejó de celebrarse. Con el paso de los años, la fiesta ha ido evolucionando. Así, se perdieron las cadenas que llevaba el diablillo en los tobillos y también fue incrementándose progresivamente el número de diablillos. A pesar de estos cambios, y a tenor de lo expresado por la tradición oral, el rito se mantuvo fiel a su esencia. Así, el diablillo ha salido de noche, intentando asustar a la chiquillería, para volver al rato a la iglesia.

En 2008, el vestuario de los diablillos fue renovado. La nueva indumentaria fue diseñada por el polifacético artista Manuel Gómez Zía, muralista, escultor e ilustrador.

En su diseño del traje del diablillo, Gómez Zía pretendió que fuese “continuación de las llamas del infierno”. En ese sentido, el artista quiso que el espectador viese a los diablillos “como llamas que se mueven”. “Manteniendo el color rojo del traje, he buscado un diseño que representase a las llamas”, manifestó Gómez Zía, que recalcó “el esfuerzo de los chavales que se visten de diablillo, que lo hacen por un instinto heredado”. A la hora de diseñar el traje, Gómez Zía se puso como objetivos que fuera “holgado y cómodo”, para permitir las carreras de los diablillos. El artista calificaba a la del diablillo como “una de las fiestas más hermosas de Sepúlveda”, asegurando que, aunque existen otras fiestas en las que aparecen diablos, ninguna de ellas se celebra por la noche.

Paralelamente a esta renovación de la indumentaria, el Ayuntamiento financió en 2008 la restauración de los cabezudos de su propiedad, que hacía décadas formaban parte de las actividades del 23 de agosto en Sepúlveda, hasta que su mal estado aconsejó que dejaran de pasear por las calles de la villa. Desde ese año, cada mañana del 23 de agosto, un desfile de cabezudos recorre las calles de Sepúlveda.

En los últimos años, los vecinos del barrio también organizan, durante el día 23 de agosto, juegos tradicionales para los niños, así como concursos de pintura y un vermú con charanga por los bares del barrio.

 

 

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